La imagen es difícil de olvidar. Una mujer de 87 años sale en camilla de la casa en la que ha vivido durante 71 años. Fuera hay centenares de personas. Dentro quedan prácticamente todos los recuerdos de una vida. Maricarmen llegó a aquel piso en 1956. Allí vivió con sus padres, allí fueron pasando los años y allí pensaba, con bastante lógica, terminar sus días. Pero un día su casa dejó de ser solamente su casa, porque para otros pasó a ser una inversión. Y cuando eso ocurre, cuando el hogar de alguien entra en una hoja de cálculo, la vida empieza a hablar un idioma y el dinero otro. La empresa propietaria pretendía llevar un alquiler que rondaba los 500 euros hasta los 2.650 mensuales, mientras ella cobra una pensión de unos 1.350. No hace falta darle demasiadas vueltas, porque las cuentas, directamente, no cuadran. Una escritora anónima (o quienquiera que fuera) llegó incluso a ofrecerse a pagar la diferencia, mes a mes, con el objetivo de evitar el desahucio. Si el problema hubiera sido simplemente cobrar el alquiler, ahí podría haber terminado todo. Pero no terminó. La querían fuera igualmente. Porque esto nunca ha ido solo de cuánto paga Maricarmen, sino de cuánto puede valer esa vivienda sin Maricarmen dentro. Nada de esto bastó. El pasado miércoles la desahuciaron, salió en camilla y acabó en el hospital.
A veces utilizamos palabras que suavizan demasiado las cosas. Hablamos de “lanzamientos”, de “activos inmobiliarios”, de “rentabilidades”, de “actualización de rentas”, de “oportunidades de inversión”. Parece que estemos jugando a un juego de mesa donde las personas fueran simplemente piezas intercambiables en un tablero. Pero detrás de cada una de esas expresiones puede haber algo tan sencillo como una señora que lleva siete décadas durmiendo en la misma habitación. Y esto es precisamente lo que hace tan incómodo el caso de Maricarmen. Porque este caso particular desnuda el funcionamiento del sistema hasta hacerlo casi grotesco. Aquí no había una inquilina que hubiera decidido dejar de pagar ni peligrosísimos okupas. Incluso, como decía anteriormente, había gente dispuesta a pagar la diferencia hasta los 2.650€. Entonces, llegados a este punto, creo que es importante hacerse una pregunta muy básica: ¿para qué sirve exactamente una economía si es capaz de considerar perfectamente racional sacar de su casa a una mujer de 87 años que ha pagado el alquiler durante toda una vida?
Puedes seguir leyendo el artículo de opinión de Julen Bollain sobre el desahucio de Maricarmen en Madrid.
Fuente de texto: Público




